jueves, 14 de diciembre de 2017

Chappie

Lejos quedan los días en que Blomkamp maravilló a todos con Distrito 9. ¿Volvió a acercarse a esos niveles? NI por asomo. Apenas seis años después de la película que le catapultó a la fama, los estudios le dieron su última oportunidad de hacer las cosas “bien” con un presupuesto abultado y nos dejó Chappie, un desesperado intento de trascendencia.

En una ciudad cualquiera de Sudafrica, dónde el crimen ha escapado a cualquier control, las autoridades han decidido crear un cuerpo de policías robóticos. Odiados por todo el mundo, reprimen con puño de hierro allá por donde pasan. Por estas cosas del destino, uno de estos robots acaba desarrollando conciencia y, en vez de destruir, desea crear, ofreciéndose con ingenuidad a un mundo hostil y despiadado.

Si la observamos con cierto (e inmerecido) cariño, podremos apreciar una crítica hacia la anulación de la individualidad, la tendencia de la sociedad en oprimirnos y convertirnos en parte de un engranaje, alejándonos de la búsqueda de uno mismo. El uso del robot que lucha por mantener su identidad incluso tiene su gracia, pero Chappie naufraga abismalmente en un guión que no mantiene la coherencia de sus personajes, que cambian de carácter según la escena (esos matones convertidos en entusiastas hermanitas de la caridad son…), cuyos malvados son los malos porque… lo son (y punto), un guión que pretende tener trascendencia y no consigue más que hartar. Se podría salvar, quizás, si al menos pudiéramos traer a nuestros retoños para reírnos de los torpes devenires del robot y los estúpidos chascarrillos de sus “padres”, pero luego la película saca tanta casquería por los aires que eso se hace imposible. A la que rascas, no encuentras más que acción, mucha acción, tiros por doquier, fuegos artificiales, insultos, mucha sangre, personajes cutres y barriobajeros fuera del sistema en eterna lucha contra los egocéntricos privilegiados.

Este vacío absoluto de guión contrasta con el trabajo de un Blomkamp que demuestra saber cómo y dónde poner la cámara. La puesta en escena es, al igual que su fotografía, desagradable y dificil de disfrutar, pero se nota trabajada, en ningún momento casual. Por otro lado, por más que los rotulistas de los tráilers sigan intentando vendérnoslo como autor «visionario», el director de Distrito 9 solo tiene, en el mejor de los casos, una cierta habilidad para componer imágenes impactantes, pero sus dotes como contador de historias son nulas. Los planos de sus películas, aislados, pueden deslumbrar, pero a la hora de articularlos entre sí Blomkamp se da de bruces contra la dura realidad de la narrativa. Inconexa e incoherente con sus adjacentes, pero con clase a su manera.

Asimismo, el prespuesto que maneja el director es más que abultado (135M$), lo que da para tener unos efectos especiales de primera. Todos los robots se generan mediante captación de movimientos y se mueven con una naturalidad impropia de los personajes generados por ordenador. Asimismo, la plétora de explosiones, tiroteos y peleas rivaliza con las producciones más desmadradas de Hollywood, lo que se complemente con una Banda sonora que es –con diferencia- lo mejor del film, con un Hans Zimmer que se autoplagia a sí mismo de la mejor manera y consigue hacer pasar los tragos más indigestos del metraje.  

Un film protagonizado por un personaje no humano ya no es algo nuevo ni nos pilla de sorpresa. Además, Chappie es hasta simpático en su personalidad, cosa que no podemos compartir con Yo-Landi Visser y Ninja, los componentes del grupo Die Antwoord, que son los personajes humanos con más minutos del metraje. Con una propuesta estética cuestionable, saben llamar la atención y, después de haberlos escuchado, no dudo de sus capacidades musicales, pero hemos de reconocer que actuar no es lo suyo. Les han dado una oportunidad y se nota que se esfuerzan… pero no. Si nos fijamos ya entre las estrellas más consagradas, encontramos nombres interesantes como Dev Patel, Sigourney Weaver o Hugh Jackman; pero su desempeño no puede sino considerarse como ridículo. Han llegado, puesto la chequera, recitado sus frases y fuera, caso especialmente sangrante el del forzudo australiano, con una actuación que sobrepasa en mucho la vergüenza ajena, incluso dentro de su contexto.

 Y es que la película falla por casi todas partes. Hay buenos efectos especiales y alguna que otra escena interesante, pero el pasotismo actoral se conjunta con un ritmo inexistente y un desarrollo confuso (siendo amables). Sus dilatadas dos horas llegan a hacerse pesadas, pidiendo a gritos unos buenos veinte o treinta minutos de recorte para llegar a ser mínimamente digerible.

¿Qué ofrece Chappie, entonces, que no hayamos visto mil veces? Una fotografía muy trabajada, pero feísta y desagradable, la peor actuación de Hugh Jackman  que recuerdo (cosa que tiene su mérito), además de la enésima revisión del mito del monstruo (robot) de Frankenstein, con un desarrollo confuso y un final no especialmente inspirado (sin palabras). Como he leído por ahí, si no fuera porque se toma muy en serio a sí misma, sería la parodia de la parodia de Robocop.

En fin, tras la irregular Elysium, ahora con Chappie parece que toda la frescura que vimos en Distrito 9 ha ido menguando de manera inversamente proporcional al presupuesto de sus producciones, además de transmitir una evidente sensación de estancamiento en un recurrente y reiterativo discurso. Inferior a muchas propuestas similares dentro del género, transmite por lugares comunes y apenas es capaz de entretener durante sus dilatados 150 minutos. Por lo menos la música y los efectos especiales son bastante buenos.

Nota: 2
Nota filmaffinity: 5.8

lunes, 11 de diciembre de 2017

Flash Gordon


Estamos en 1980. La Guerra de las galaxias viene de romper cualquier referente en la taquilla y el merchandising. Superman ha demostrado que los héroes de cómic pueden triunfar en la gran pantalla. ¿Qué mejor que una película que pueda combinar lo mejor de estos dos Universos? Por si fuera poco, contamos con el inefable Max von Sydow  como siniestro malvado y, encima, Queen (¡QUEEN!) se encarga de la banda sonora. Lo tiene todo para triunfar. ¿Qué podría salir mal?

Bueno, pues básicamente, todo. Flash Gordon tiene brilli brilli por los cuatro costados. Y ésta es, amigos, la causa y solución de todos los problemas de la película. A diferencia de la mayoría de propuestas que hemos visto anteriormente, en las que el brilli brilli es un aditivo del proyecto, en este caso se convierten el alfa y el omega de la propuesta, pura desmesura que hace de la película en un despropósito espectacular, o en un espectáculo desproposital, como prefiráis. Dino de Laurentiis se estampó pocas veces con tanto estilo.

No hay más que ver las primeras imágenes de la corte del Emperador (del universo) Ming. Esos rojos y esos dorados saturados…¿Qué necesitamos bufones? ¡Ponemos a unos enanos con sábanas! ¿Una banda sonora de bandera? ¡Contratamos al mejor grupo de rock de la historia! ¿Lugares exóticos? ¡Todos los que se puedan! No en vano Flash Gordon dobla el presupuesto de una película tan menor y poco amiga de los efectos especiales como El imperio contraataca. Está claro, mientras dura el dinero, dura el empeño.


Esta desmesura puede con todo y devora un guión que adapta quizás demasiado literalmente el cómic original.  Por si no os lo habéis leído, este cómic creado en 1934 nos narra las aventuras de un jugador de fútbol americano en las galaxias siderales, donde se enfrenta a mil peligros y se convierte en el salvador del Universo. Todo el cómic destila el horterismo propio de la época, con unos puntos de cómico surrealismo en el que, literalmente, cualquier cosa es posible. Si a algún alma de cántaro le parece que la llegada de Flash a Mongo es una fumada, que busque como se cuenta originalmente (no tiene desperdicio). No en vano, a lo largo de los diversos números Flash llega a hacerse un traje espacial con una bolsa de plástico y unos pantalones deportivos (chúpate esa McGyver), muere un puñado de veces y vence (él solo) contra un equipo de futbol americano formado por gigantes. [Ahora en serio, Flash Gordon es uno de los cómics más influyentes de los años 30-40, otra cosa es que ahora nos parezca risible. ]

El guión se puede resumir a partir de una de sus frases más famosas: “Flash, te quiero, pero sólo tenemos catorce horas para salvar la Tierra”. Cualquier atisbo de lógica o sentido se manda a tomar viento desde el minuto uno de película. Un malo todopoderoso que luego no es tan terrible, revueltas y cambios de bando según sopla el viento. Las peleas y muertes de personajes se suceden con una desenvoltura y una alegría tan gratuita que no puedo sino evocar las felices aventuras del Batman de Adam West. Además, habría que destacar lo salidos que van todos en ésta película. Flash quiere llevarse a la cama a Dale Arden al momento de conocerla. Ella tarda a lo mejor treinta segundos más en estar interesada en lo mismo. Tan pronto como aparece en pantalla, Ming proclama su interés en embarazar repetidamente a nuestra heroína. Aura (la hija de Ming) bebe los vientos por el príncipe Barin (James Bond en calzones verdes), pero eso no impide que quiera pasarse a Flash por la piedra, y así… No amigos, la escena no es de William Blake.

Después de todo este rato, podríais pensar que la película no me ha gustado nada, pero la verdad es que me lo he pasado en grande. ¿La razón? La que estáis pensando. Brilli brilli. No me importa que la animación de los hombres halcón sea peor que la que veíamos en El mago de Oz, o que tengan la poca vergüenza de plantar un partido de fútbol americano delante de un alocadísimo Max von Sydow … ¡porque si! Simplemente, mola. Flash Gordon se regodea en el exceso para dar lugar a una obra tan surrealista y tan disfrutable que no puedes sino verla con una sonrisa de oreja a oreja. Y encima tiene las narices de dejar un final abierto para una posible continuación. Quedaron atrás todos los enemigos y aún queda la duda de un futuro mejor, ¡amos anda!

Ahora mismo me declaro un firme admirador de Flash Gordon. ¿Queréis ver una divertida película sin complejos? ¿Estáis dispuesto a devorar estrellas que sacien tu ser? Simplemente, Flash Gordon.

PD: No entro a valorar la banda sonora, que tiene el “honor” de ser la peor canción de la historia de Queen (si, peor que el enamorado de su coche). Si os atrevéis, aquí os la dejo:



Nota: N/A
Nota filmaffinity: 5.3
Publicado previamente en Cinéfagos AQUI

sábado, 9 de diciembre de 2017

Muerte de la luz (George R. R. Martin)

En espera del sexto libro de Canción de hielo y fuego (je), me entretengo con el libro debut de Martin, un drama romántico con toques de ciencia-ficción. Creo que no hay nada más parecido a la saga que le hizo famoso (je je)
  

Título: Muerte de la luz
Autor: George R. R. Martin
Título original: Dying of the light
“Worlorn, durante su esplendor, albergó el famoso Festival de los Mundos Exteriores; ahora es un planeta moribundo que se aleja irremediablemente de la Rueda de Fuego para sumirse en una noche sin fin. A él viaja Dirk t’Larien con la esperanza de reencontrar el amor de Gwen Delvano y expiar errores del pasado; pero en su lugar hallará a Gwen unida por jade-y-plata a Jaan Vikary y a su teyn, Garse Janacek, en un vínculo incomprensible de amor y de odio, tan terrible y a la vez tan grandioso como el fin inevitable de Worlorn.”

Para el joven Martin, la fuerza más importante es la del amor. Fuera quedan ambiciones y envidias. Pero no solo el amor hacia una pareja o hacia un amigo, sino el amor ante una cultura o hacia una forma de vida,  a pesar de que ésta, lentamente, se despida del universo, como hace el moribundo planeta Worlorn, alargando sus últimos estertores en una lenta y melancólica agonía. En honor de esta idea, creo un mundo fascinante, habitado por animales extraños y tétricos, imbuidos de una oscura aura de decadencia. Cada ciudad/estado brilla con luz (u oscuridad) propia, identificable y distintiva, construidas con una imaginación en la que se enfrentan ferozmente las tradiciones, el progreso y aquello que nunca volverá.

La premisa sobre la que se basa Muerte de la luz (no olvidemos, la primera novela larga de Martin) es, ciertamente, brillante. La analogía del mundo marchito, que se apaga –tal como aquel amor que se da por supuesto y que no se cuida- se talla con agudeza e ingenio. Las primeras cincuenta páginas en que se desarrolla y este Universo se despliega ante tus ojos es fascinante, sin duda lo mejor del libro. Sin embargo, a medida que avanza el libro, se va poco a poco dejando esta idea –sin abandonarla del todo, por suerte- y se desarrolla mediante una trama que destila un romanticismo trágico bastante más convencional y predecible.

Como ya hemos dicho, Martin es aquí apenas un veinteañero, probablemente dolido por los primeros amores frustrados, algo descreído con el mundo pero con la voluntad (y el ego) de mostrar todo lo que sabe, que ya es bastante. Su calidad ya es notoria en el diseño de los personajes, entre los que destacan:

Dirk t’Larien: Me atrevería a decir que es un trasunto idealizado del propio Martin, evocando una historia del pasado idealizada con los tintes románticos que permite la literatura. Empieza como un perdedor proveniente de un mundo civilizado, asustado al principio por la descarnada sinceridad de Worlorn, pero que pronto se lanza a cualquier locura para paliar (aunque sea ante sí mismo) todos aquellos momentos del pasado en que fue un cobarde.

Gwen Delvano: El amor imposible e idealizado de Dirk. Desde un primer momento, se muestra como una mujer inalcanzable para el protagonista. No sólo está entregada a un trabajo de vital importancia, sino que está unida a un hombre que es todo lo que Dirk no puede ser. Las heridas del pasado siguen doliendo en un corazón que, aun así, guarda un cierto cariño con aquel que compartió su vida. Aplastada por una situación que no ha escogido, se mueve azorada entre la nostalgia de aquello que pudo ser, los compromisos adquiridos para más de una vida y las duras condiciones de una sociedad que toma todas las decisiones por ella.

Su pareja actual, su unido por el hierro es Jaan Vikary. Parte como uno de los noble más importantes de su planeta,  pero ha sido exiliado del mismo justo por ser más abierto de mente, buscando antes el progreso de su pueblo que aferrarse a unas tradiciones ancestrales y anacrónicas. Orgulloso hasta la saciedad, también se trata de un hombre lleno de honorabilidad que está siempre dispuesto a arriesgarse para salvar a aquellos a quién aprecia.

Garse Janacek es el Teyn de Vikary. Un Teyn evoca la relación de hermandad entre dos hombres de la Hellas clásica. Una amistad // amor fraternal más allá de cualquier prueba, para los que todo es compartido y todo se permite. Admira a Vikary con un fervor desmedido, soportando con resquemor todas las trasgresiones que éste hace de sus creencias religiosas. No aspira más que a compartir una vida llena de decencia con Vikary, pero Jaan se lo impide. Garse es un ser veleidoso, creído y arrogante, lleno de desprecio por Gwen, a la que considera causa de su infortunio y su exilio, pero al mismo tiempo capaz de mantener una enfermiza lealtad por el amor que profesa para con su compañero.

Pero estos no son los únicos habitantes del planeta moribundo. Llegamos a conocer a la veintena de humanos que todavía quedan en el mismo, descritos con la habilidad propia de Martin, capaz de que nos hagamos una idea de todas las aristas que perfilan a un personaje con apenas unas líneas de descripción. De ellos, los que más se clavan en la memoria son justo los más odiables, como Ruark Arkin, un comerciante que bajo una capa de cordialidad esconde a un ser pusilánime y rastrero, eterno enamorado de una Gwen a la que nunca pudo ni podrá tener, o Bretan Braith, último representante de un clan para el que el honor (un honor anacrónico e inamovible) constituye la base de su existencia, es un cazador implacable, un guerrero inagotable y un malnacido de los que hacen época.

Resulta fácil dejarse llevar por inicialmente por la indignación de una mujer que busca liberarse después de haber sido atrapada bajo las redes de una sociedad misógina, pero es cuando empezamos a descubrir porqué la sociedad se comporta de esta manera, que la situación se vuelve más perturbadora. La trágica historia nos explica como la sociedad se abocó a la extición, al perder a casi todas las mujeres y que, por tanto, las convirtió en tesoros valiosos y propiedades comunitarias, a pesar de partir de una posición arrogantemente igualitaria. Se trata, pues, de una situación realmente desagradable, pero que se describe y aprecia con toda la complejidad del extraño vínculo de amor/amistad que hay entre los hombres, complicado todavía más por las intrincadas reglas de duelos de honor, tácticas de batalla y trofeos de conquista, bajo la inusual mezcla de tradiciones ancestrales y una tecnología llena de exotismo.

A fin de cuentas, es tanto un conflicto entre amores nuevos y viejos como entre culturas irreconciliables. Está lleno con tantas mentiras, medias verdades y malentendidos que me entristece. Todos sus personajes están encerrados en un mundo marchito en el que estoy seguro que morirán, incapaces de dejar de lado sus diferencias para sobrevivir.

El esfuerzo con que se dota de verosimilitud y fascinación a este imposible Universo contrasta con la propia ingenuidad de la historia, propia de un chavalín de veinte años (como era este Martin), que suena con amores imposibles y aventuras más allá de las estrellas, totalmente predecible y, porque no decirlo, algo tostona, que bien podría firmar una Lena Valenti o una Stephenie Meyer poco inspirada. En fin, Martin ha creado un Universo fascinante y casi no lo usa para otra cosa que marear la perdiz para ver quién se acuesta con quién. Evidentemente, fastidia lo que podría haber sido –y no es- esta novela.



Eso no quita que se trate de una propuesta muy curiosa, con aspectos aprovechables que derrocha imaginación en su concepto. Irregular en su conjunto, puede servir para acercarse a un Martin muy novato al que se le ven mimbres pero al que todavía le queda por mejorar en su ejecución. No obstante, la melancolía que invade el texto, propia de un mundo que desaparece, es ideal para dejarse llevar por un imposible y a buen seguro puede marcar a alguien que la lea en el momento adecuado de su vida.

Nota.: 6
Nota goodreads: 3.55/5

lunes, 20 de noviembre de 2017

Kong - La isla calavera

Reconozco que cuando fui al cine a ver esta película, lo hice un poco obligado por las circunstancias. Entre que iba después de unan película de Godzilla que no había visto, pretendía ubicarse en un universo compartido de monstruos gigantes y Kong nunca es que me haya hecho mucho tilín, pues bueno, pensaba pasar. Pero bueno, las cosas pasan y acabé entrando al cine a ver este engendrín tan simpático.

Y al final, no se puede decir que me ha aburrido ni un poco. Kong – La isla calavera nos mete, un poco porque sí, al final de la guerra de Vietnam. Cuando las tropas no sueñan más que con volver a casa, una unidad es desviada a una remota isla del Índico para escoltar una “operación geológica”, excusa que utiliza el gobierno para ocultar una expedición para encontrar y capturar a King Kong, un simio gigante de 80-100m de alto que allí habita. Como no puede ser de otra manera, la isla esconde mil peligros y el Rey Mono no pondrá su captura nada fácil.


No sé si decir que es lo más cuestionable o lo más destacable, pero el guión es un auténtico despropósito desde el minuto uno. A diferencia de otras propuestas recientes (miremos por ejemplo la recién reseñada Robin Hood), esto no es un problema tan grande, puesto que Kong abraza el pulp más salvaje con todas las ganas posibles, dejando claro que no tiene ninguna intención de tomarse en serio a sí misma.

Esta es la mayor diferencia de los dos planteamientos. Kong invita con toda su alma a apagar el cerebro, ignorar la monodimensionalidad de los personajes principales, la extraña causalidad de los entuertos que ocurren aquí y allá (la de cosas que ocurren “porque sí”, jué) o la extraña presencia de unos personajes secundarios que parecen no hacer otra cosa que entorpecer a los protagonistas, correr de aquí para allá, enamorarse aleatoriamente y morir sin apenas más que tres palabras de diálogo. Kong es un festival de acción y fuegos artificiales sin más excusa que la caza de la bestia.


Pero bueno, vaya pedazo de festival. El director Jordan Vogt-Roberts goza de su primer presupuesto abultado, pero lo afronta consciente de la total falta de enjundia del guión que tiene entre manos. Con la excusa de buscar a la bestia peluda gigante, se toma muy en serio el ofrecer una bestial (je je) orgía de destrucción y cabezas cortadas la mar de rebonica.

PIM PUM BANG AAARGHHH MUEREEEE NOOO CRUNCH ÑAM ÑAM

Esto es toda la película. Si Kong tuviera una barra de vida en la parte superior de la pantalla, podríamos decir que estamos dentro de un videojuego. Criaturas gigantescas, ostiones por doquier y muertes tremandamente imaginativas para unos humanos que van pasando a toda velocidad de una fase a otra. A pesar de que Kong varía un poco en tamaño según el momento, es el King Kong más majestuosamente desmesurado que recuerdo haber visto en el cine. En fin, un gran trabajo de CGi por parte de los creadores.

Con este panorama, el trabajo actoral oscila entre lo patético y lo lamentable, con cierto esfuerzo para ver quién es el que hace la chorrada más grande. De entre ellos es obvio destacar a Tom Hiddlestrom, que sigue aprovechando el tirón que da Loki para ganar pasta a mansalva con el mínimo esfuerzo (que me aspen si su personaje no es Nathan Drake) y también a un Samuel L. Jackson pasadísimo de vueltas como casi sólo él sabe, que estoy seguro se habrá divertido de lo lindo rodando la película.

Kong desprende el aroma de película de serie B al que tanto cariño tenemos. Sus escenarios, la gratuidad argumental y la dispersión de la cutrez son toda una invitación a admirar un placer culpable de esos que son tan malos que les coges cariño. Claro que luego ves el presupuesto de 185M$ y te prguntass qué ha ocurrido. No negaremos que hay que pagar a las estrellitas y hay mucho efecto especial resultón, pero bueno, con ese músculo económico detrás, ya podrían haberse currado algo más el resto de apartados técnicos. Tiende a ser una mala combinación pedir ser considerada de serie B cuando tienes pasta pide gran superproducción.

 
Preguntando por aquí y allá he recibido quejas sobre lo poco que se parece este Kong al clásico de los años treinta, echando a faltar la mítica escalada por el Empire State y el secuestro de la lluvia de turno. Estoy totalmente de acuerdo a que no se parece en nada, casi podríamos decir que recuerda más ser una versión super-vitaminada de la versión Nintendera (Donkey Kong): un animal noble pero brutal, simple pero imbuido de majestad y siempre dispuesto a comerse un buen calamar. A fin de cuentas, ¿no le habrían caído más ostias si el director se hubiera limitado a re-imaginar la película clásica? ¿Es que nadie se acuerda de la fallida revisión a cargo de Peter Jackson y las críticas que recibió?

Curiosamente, ni el despróposito del guión ni el alejamiento de la película clásica traen consigo el aburrimiento. El film sabe ser entretenido, ofreciendo un compendio de fuegos artificiales tan vacío como espectacular en el que cabe cualquier cosa, capaz de dejarte intrigado sobre cuál será la siguiente majadería. Por decirlo de alguna manera, en esta mejunje de King Kong viajando al centro de la Tierra a través de las minas del Rey Salomón con ayuda de Patlabor y Robinson Crusoe, a nadie le hubiera extrañado que apareciera Piolín devorando al gato Tom, o un marciano de Mars Attacks montándoselo con la Gremlin sexy.


La verdad es que la película cumple lo que promete: Monstruos gigantescos luchando sin descanso durante dos horas. En ese sentido hay que reconocer que la propuesta es bastante honesta y por eso se ha ganado 3 puntos.

Nota: 3
Nota filmaffinity: 5.8

sábado, 18 de noviembre de 2017

Años de una vida joven (Carmen García Fresca)

Lo primero que debo hacer es disculparme por poner la foto de un libro que no es, pero no encuentro ninguna imagen por interné y ya he liberado el mío, así que no puedo hacer otra cosa (muy mal por mi parte). El libro (el 17 de la cesta’13) es la segunda parte del que veis en la foto, para que os ubiquéis rápido.

Título: Años de una vida joven
Autor: Carmen García Fresca

Sólo una gota de sangre era un compendio de recuerdos de las aventuras y desventuras infantiles de Carmen García Fresca, funcionando como una entrañable autobiografía de la autora hasta su llegada a la adolescencia. En Años de una vida joven, encontramos su continuación, hilando argumentalmente la vida de Carmen desde sus 13-14 años y empieza a explorar el mundo con la temeridad que da la juventud hasta que ya ha forjado a su familia con unos veintipocos años.

En consonancia con la mayor madurez de la protagonista, se abandona el aroma nostálgico sobre las anécdotas de la infancia para adentrarnos en una novela de llegada a la madurez, siguiendo las vicisitudes de una joven que intenta encontrar su lugar en el mundo en una ciudad pequeña de los años 50: los sueños y aspiraciones que puede tener, las anécdotas que le ocurren a sus allegados, las luchas por independizarse y abandonar el nido paterno…

El libro como tal está mucho mejor hilado, siguiendo una progresión argumental concreta, sin estar constituido a base de saltos temporales aquí y allá. Por tanto, goza de un armazón más robusto con el que poder sumergirse en un mundo que ya no existe, pero que muchos recordamos de las anécdotas que contaban nuestros abuelos (aquí reconozco las andanzas de mi abuela de la otra rama de la familia, criada en una ciudad pequeña como la de la autora). Creo poder adivinar (a ver si acierto, jeje) que se escribió un buen tiempo después de la anterior entrega, y su autora tenía mucha más experiencia a la hora de componer un relato concreto. Un hilo conductor mucho mejor hilvanado permite leerlo con más facilidad y facilita pasar páginas sin ningún esfuerzo.  

A grandes rasgos, la experiencia me ha recordado a mi lectura de Entre visillos, pues ambos son relatos realizados con cariño (y un poquito de retranca) sobre una época que ya pasó, sin buscar idealizar unos tiempos que no volverán ni recrearse en los avatares de unos tiempos duros (que los eran). Se percibe la alegría de vivir, el ansia de descubrir un mundo en que (casi) cualquier cosa es posible y una sociedad que ha dejado de lamerse las heridas y ofrece, por primera vez, una oportunidad a todos.

La mentalidad de la protagonista recuerda en mucho a la de la cabeza de familia de Cuéntame, mostrando una cierta apertura de miras hacia la modernidad, sin por ello evitar sentirse influido por lo que es “tradicionalmente” decente y a que las cosas se hagan “como Dios manda”.


Carmen, muchas gracias por los buenos ratos que he tenido por tu libro. Gracias Ana (la rana) por proporcionarme el libro. Una propuesta entrañable que se nota escrita con cariño. ¿Alguien sabe si hay una tercera parte?

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Robin Hood

La primera noticia que tuve de la existencia de una nueva versión de Robin Hood (y por Ridley Scott además) fue en un viaje a Paris. El trayecto en autocar desde Beauvais hasta la ciudad estaba plagado de pancartas anunciando a “Robin de los bois”. Entre los coleguillas y que éramos bastante más jovencitos, nos pasamos todo el viaje haciendo chistes con los boys de Robin y sus gallardos caballeros. Luego tampoco es que me molestara mucho en ir a verla hasta que, bueno, le llegó su turno un puñado de años después.

Robin Hood ha dejado de ser el hijo de un noble caído en desgracia, sino el hijo de un picapedrero (¡) que destaca por sus capacidades militares, tanto por su habilidad en combate como liderando a los pobres ignorantes que deben morir en batalla. Al volver a Inglaterra con el cadáver de Ricardo Corazón de León (¡!), las circunstancias le obligarán a hacerse pasar por el marido de una Lady Marian de armas tomar (¡!!), posición que deberá aprovechar para desbaratar una conspiración de la corona francesa para destronar a Juan Sin Tierra (¡!!!).

A pesar de que se vende (lo pone en la portada de muchos carteles) como la historia real jamás contada, la película que nos va a desvelar todo lo que ignorábamos sobre Robin Hood y nunca nos atrevimos a preguntar, este Robin Hood no tiene NADA que ver con ninguna de las anteriores versiones fílmicas del mito ni, obviamente, con el relato original que da lugar al personaje. A decir verdad, lo único que reconocemos en el film es el nombre de los personajes, porque lo que Ridley Scott nos encasqueta no es otra cosa que la tercera película que ha hecho de Gladiator (la segunda es El reino de los cielos). La ha vuelto a rodar, ha cambiado tres cositas de ambientación y enga, p’alante.

Se convierte entonces en una propuesta previsible, que desprende un aroma a ya visto muy decepcionante. No diremos que es aburriada ni que está (muy) mal hecha, pero en conjunto no aporta nada novedoso ni interesante al manido género de los proyectos de blockbusters.

Sigue siendo un proyecto de Ridley Scott, por lo que el apartado técnico es impecable. Si hay algo que sabe hacer bien, es rodearse de grandes profesionales. Luego los coordina con acierto y de ahí sale una película que desprende solidez y buen hacer. A la que investigas un poco su manera de hacer películas, el guión final de la película se va improvisando casi sobre la marcha, con chorropotocientas reescrituras continuas en cada momento a partir de una vaga idea con la que ha conseguido la financiación. Esto provoca que a veces salga el pastiche que sale (Prometeus,  Exodus, El reino de los cielos). Otras veces, no se sabe muy bien porqué, el guión se redondea con gracia, complementa la buena puesta en escena (esto nunca falta) y tenemos un nuevo exitazo en ciernes (Blade Runner, Gladiator, Marte). Cada nueva película es una moneda lanzada al aire, de la que espero ver por qué cara ha caído. Como ya habréis podido deducir, Robin Hood entra en el saco de los pastiches.

El Deja vu que provoca la película es bestial. Rodada con el automático puesto, recuerda en todo momento cosas que ya hemos visto. Para empezar, Rusell Crowe, que repite el papel de Máximo Décimo Meridio que tan famoso le hizo. Se cambia un poco el traje pero ya, es el mismo personaje. Luego Cate Blanchett sigue siendo Galadriel, quizás un poco menos mística pero igual de sobrada y letal. Mark Strong es el malo maloso de mil secretos, como ha hecho siempre. Igual ocurre con el resto del elenco. Todos repiten el papel que saben hacer y, sin realizar un ejercicio de virtuosismo, cumplen con solvencia su papeleta.


Notable también es el esfuerzo en la fotografía y los escenarios, bien trabajados y construidos, con el esfuerzo artesanal que siempre le gusta al director, especialmente cuando goza de presupuestos abultados (200M$!). El esfuerzo del equipo de atrezzo es descomunal y, desde el punto de vista de la recreación, se nota que se ha puesto ganas por parecer verosímil (que no digo acertado, ojo ;)). La banda sonora, aunque reciclada de Gladiator, cumple con eficiencia, sabiendo poner el tono épico cuando toca. Por su parte, la mano de Scott se nota en la construcción de las escenas, especialmente las de acción, con la solidez y la enjundia que este director suele crear. Se ven bien hechas, con empaque. Lo dicho, un puñado de gente capaz que hace bien lo que sabe hacer.

El problema viene cuando te paras a mirar el guión, y es que… bueno… vaya sarta de disparates. Duele ver como en medio de un ambiente pretendidamente verosímil, en el que te has dejado los cuartos para que quede bien resultón, decidas tirar para adelante con un guión que manda a tomar viento la lógica a cada paso. Cada personaje tiene sub-trama propia, normalmente con poco sentido y que luego no se molesta en cerrar, se producen errores de continuidad, con Russell Crowe sabiendo cosas que “no puede” saber (entre otras cosas), se apela a la épica y a valores éticos MUY  modernos que no tienen sentido en el film y, encima, aparecen por ahí personajes secundarios puestos con calzador porque estaban en la historia original (Little John y su gran martillo, el monje borracho porque el monje borracho) a decir su frase y no volver a tener importancia en el resto del film. Si es que me disgusta que un despropósito de este calibre eche por tierra lo que venía siendo un trabajo muy sólido en el resto de aspectos de la película.

Insisto, acepto que se modernice el mito clásico. Incluso que se mande a tomar viento la historia original en virtud del remake y de presentar un nuevo punto de vista que explique “el origen nunca contado y tal y tal” (al fin y al cabo, this is Hollywood) pero si te gastas 200M$ de la Universal, por lo menos cúrrate un guión decente, ¡que apenas llegaste a cubrir gastos! Esta versión de la leyenda es una sucesión de hechos mal engarzados que no vienen de ninguna parte ni van a ninguna parte, careciendo por completo de emoción, solidez, pasión o sentido.

Por lo menos, se le debe reconocer que no llega a aburrir, pero bueno, uno siempre espera algo mejor de Ridley (suerte que luego se redimiría un poco con Marte que si no… ). Lo que podría haber sido una película decente fracasa por tener una historia cuyo desarrollo no tiene sentido y fallos de continuidad por doquier. Al final, acaba siendo un mejunje raro bastante mejorable, que decepciona todavía más sabiendo de quién viene.

Nota: 2
Nota filmaffinity: 6.1

martes, 10 de octubre de 2017

The reality disfunction (Peter F. Hamilton)

Casi un año después de la anterior, acometo otra novela del mastodóntico Peter F. Hamilton que me ha caído por Sant Jordi (ya es un fijo en esta fiesta xD). Así pues, ¡pico y pala y 1200 páginas nos esperan!

Título: The reality disfunction (No se ha traducido al castellano)
Autor: Peter F. Hamilton

“Es el año 2600, la humanidad ha progresado hasta su máximo potencia. Cientos de planetas han sido colonizados, convirtiéndose en hogar de multitud de culturas. La ingeniería genética ha empujado la evolución mucho más allá de sus límites naturales, derrotando a la enfermedad y produciendo extraordinarias criaturas espaciales. Enormes flotas de naves estelares biológicas florecen en las riquezas creadas por la industrialización de sistemas estelares. A lo largo del espacio de la Humanidad, el ejército de la Confederación mantiene la paz. Una Edad de oro está verdaderamente a nuestro alcance.
Esto es, evidenetmente, hasta que algo se va catastróficamente mal. En una colonia primitiva, un criminal renegado tiene la ocasio´n de encontrar una entidad alienígena desconocida, que desata nuestros miedos más primarios. Una raza extinta que pobló la galaxia hace eones la llamó “la disfunción de la realidad” y es la pesadilla que ha merodeado nuestro inconsciente desde el inicio de nuestra historia”.

La saga de la Commonwealth (y por extensión, todo lo de Peter F. Hamilton) es ciencia-ficción relativamente dura, con profusión de detalles y una cantidad de trasfondo tan abrumadora que puede llegar a saturar. Con The reality disfuction esperaba encontrar algo similar, pero en este caso me ha faltado un propósito o una dirección hacia la historia. El trebejo que se lía es descomunal sin que se acabede distinguir una finalidad obvia. Me explico, el mundo que se genera (que no es el mismo, por si acaso) está descrito con un esfuerzo descomulanérrimo. Cada sistema, cada planeta, cada forma de vida... Decir que Hamilton es concienzudo es quedarse bastante corto.  No hay nada que criticar en este sentido y es algo que me encanta. Sin embargo, fallan dos cosas importantes:

1) El Universo que se describe en esta saga se halla falto del sentido de la maravilla que he percibido en otras obras del autor. No es que sea feo, sucio y corrupto (que lo es), es que le falta el más mínimo punto de interés que me pida saber más cosas sobre él y que sí tenía el Universo de la Commonwealth o el del Vacío.

2) Muchas tramas no tienen interés. No entiendo el montón de páginas destinadas a explicar el funcionamiento de la colonia espacial (que no aporta nada que no hayamos visto mil veces en novelas de colonias, espaciales o no) o el chorrón de tiempo que se dedica a contarnos la vida del puñado de cazadores de recompensas secundarios (pero mucho mucho) que luego juegan un papel (muy) marginal dentro del marco general de la historia.



Por suerte, otras tramas tienen mucha más gracia (las conspiraciones dentro de Serenidad), la acción de los cazadores de recompensas a los que les queda poco de humano y, sobretodo, todo lo que atañe a los planetas vivientes, tanto su concepción como su interacción con el resto de seres vivos que los habitan. Me encanta el desarrollo de la conciencia en común a escala planetaria y la posibilidad del alma humana de seguir existiendo en paz acogida dentro del marasmo de conciencia cósmica.

Como ya ocurría antes, cada trama tiene a su puñado de personajes separados que, poco a poco van encontrándose aquí y allá. A muchos les falta algo de chicha, haciéndose sus páginas algo aburridillas en basatntes momentos.
El que está más pensado para molar de todo el pack es Joshua Calvert, una especie de Han Solo/Starlord superdopado sexualmente y todo un vividor follador más crápula que Condemor de la Pradera. Sin embargo, se las arregla para acertar lo suficiente con sus decisiones para acabar siendo el bueno del cotarro y –quién lo diría- todo un peaso de héroe. Me encanta como Hamilton convierte a un ser tan repugnante (y carismático, para qué vamos a negarlo) como éste en el salvador y mayor esperanza de la humanidad (para sorpresa de un puñado de personajes). En el fondo se lo coge cariño, tan imbécil que llega a ser.
Lo más parecido a su partenaire femenina es Ione Saldana, la líder absoluta del planeta Serenidad. A pesar de su vertiente viciosa y hedonista, es casi lo contrario a Joshua: honorable, leal y siempre dispuesta a echar una mano. Maneja su planeta con mano de hierro, tan amoral como implacable, manteniendo, no obstante, un curioso sentido de la justicia con el que  no puedes sino estar de acuerdo. Me encanta el contraste que se produce en ella cuando está “trabajando” y cuando no.

El principal malvado de la historia (es un decir, porque aquí no hay malos, solamente intereses) es Quinn Dexter. Este expresidiario con delirios de grandeza es un hábil manipulador que mueve todos los resortes a su alcance para convertirse en líder de un culto religioso en el que no cree, con la única intención de salir de la remota colonia en la que ha sido recluido. Cuando la situación se salga de madre en la colonia, será la cara visible de una rebelión que tiene de todo menos de bonito. Es el único personaje maligno sin más matices que ser maloso, ruin y pérfido, con secretos llenos de mala idea que dejan bastante mal cuerpo.

Al final del tomo, el grueso de tramas se toma un descanso y empieza otra en el planeta colonial a cargo
de Kevin Reza  y su equipo de mercenarios. Enviados en un primer momento a exterminar a los disidentes, pronto se darán cuenta de que las cosas no son tan simples. Como por estas cosas van en la nave de Joshua Calvert, están tocados por la fortuna desde el primer momento y se libran del primer embate. Desde entonces, veremos como este puñado de estoicos guerreros lucha por sobrevivir en un ambiente hostil, de lo más puñetero. Me encanta la mezcla de implacabilidad y honor que se presenta en Reza y sus hombres. Tan dispuestos a recibirte con una sonrisa de oreja a oreja como a desmembrarte a continuación (sin por ello perder la sonrisa, probablemente). Entre humor chusco y la testosterona noventera pero sin el sufrimiento típico de los personajes de la época, realmente consiguen llamar la atención y que sigas las últimas páginas con muchas ganas, especialmente con la inclusión de la periodista metomentodo Kelly Tirell, a la que deben proteger y que no puede evitar meterse en más líos de lo que sería conveniente para ella. Hace gracia como transcurre el proceso entre joven idealista que quiere salvar el universo a cínica desencantada que aspira a salvar el pellejo y poco más.

Hamilton no varía en su estilo, denso, profuso en detalles e increíblemente descriptivo. Por ello la acción transcurre con parsimonia, incluso cuando debe desatarse. Reconozco que me encanta sumergirme en el marasmo de vida que crea con sus libros, añade tal cantidad de datos que los convierte no en verosímiles, sino en casi reales. Hamilton realmente se esfuerza en que sus mundos sean incluso probables y es algo que le agradezco. No es que haga evolucionar a los humanos, sino que se inventa otras razas con sus propios sistemas evolutivos y trazas culturales completamente alejadas de la humanidad y ¡consigue que parezcan realistas! No obstante, puedo entender que muchos salgan disparados ante semejante tocharro sobredimensionado.

Entre conspiraciones, guerras intergalácticas, horrores venidos del terror incognoscible y otras maldades cósmicas, se halla siempre presente el tema de la muerte. Hamliton aprovecha a los diversos personajes para reflexionar sobre su (necesaria) inevitabilidad, el pavor a desaparecer y el miedo a lo desconocido que la misma genera. Incluso los edenistas – la propuesta que Hamilton se inventa para superar las religiones- que han inventado una consciencia común en la que seguir viviendo, apenas consiguen alargar la individualidad un par de siglos. La sociedad peude avanzar todo lo que quiera, pero hasta que puedas pasar de cuerpo en cuerpo (Commonwealth saga),  la muerte seguirá siempre presente. Obviamente entonces aparecerán otros problemas, claro…

Por si fuera poco, todo está atado y bien atado. Ningún detalle es fútil o está para rellenar. En un buen ejercicio de sacada de chorra y restregamiento facial, si Hamilton te explica algo, por estúpido que sea, es porque en un futuro tendrá importancia o viene a cuento de otra referencia que ha nombrado antes. Puede haber 3, 300 o 800 páginas de separación, pero si te cuenta algo sobre un personaje, para algo se usará, aunque sea simplemente para alardear de su talento para urdir tramas gratuitamente retorcidas. Claro que estar atento a todos los detalles es pesado, el ritmo varía entre la lentitud y la inmovilidad y además las tramas no acaban de ser precisamente interesantes. Un ejercicio de estilo brutal, no lo negaremos, pero bastante indigesto en su conjunto.

Otra cosa que me ha llamado la atención es que prácticamente todos los personajes femeninos con un mínimo de carácter son jóvenes, bellezones descomunales y tienen muchas ganas de marcha sexual. No es que sea algo que me moleste de per se, pues no son personajes creados exprofeso para calentar el ambiente, tienen carácter diferenciado, toman sus propias decisiones y son importantes para la trama, pero cuando ninguna fémina es capaz de pasar treinta páginas sin pasar la cama, como que se hace un poco pesado.

No puedo negar que se trata de un libro MUY bien pensado y MUY bien escrito. El entramado que el autor debe proyectar antes de rellenar los textos, la cantidad de fichas de personaje y de tramas entrelazadas que  hay indica que es un libro al alcance de muy pocos. Sin embargo, se me ha hecho muy pesado, apenas hay un par de tramas que capten mi interés y algunos giros parecen más pensados para presumir que por “necesidad” de la trama. Por su descomunal tamaño, por su densidad, por la complejidad de las tramas… No es un libro para devorar ni para intentar leer rápido. Si quieres leer este libro, ponte cómodo-porque baya tocharro-, calma y buenos alimentos y a descubrir qué mundo nos presenta

A falta de los dos libros siguientes de la saga (otros dos tochos de 1000 páginas que acabarán cayendo, más que nada porque el segundo ya está en mis manos), éste me ha costado bastante más que los de la Commonwealth. Ciencia-ficción densa y sesuda, que bien me suele gustar, pero que aquí no me ha acabado de llenar.

Nota: 5
Nota goodreads:4.13/5