viernes, 22 de septiembre de 2017

Trainspotting T2

Como ya dije en la reseña de Trainspotting, la reseña de la segunda parte iba a llegar un día de estos. Parece que he tenido algo de suerte y con el tiempo puedo traer el T2 con relativa celeridad (ueeeeee!). Han pasado veinticinco años desde que Mark abandonara a sus compañeros y se llevara su dinero. ¿qué ha sido de la pandilla?



Pues básicamente, que se ha pulido toda la pasta y se ve obligado a volver a Edimburgo y pedir ayuda a sus antiguos compañeros. Éstos no están del todo contentos con su pasada traición y no le recibirán precisamente con los brazos abiertos, pero bueno, los coleguillas son los coleguillas y a veces se pueden perdonar deslices imperdonables.

Boyle ha sido muy inteligente al plantear el T2. El mundo ha cambiado. Ni tiene sentido hacer un remedo nostálgico de la cinta de 1996 ni los personajes soportarían una vida salvajemente nihilista a los 40-50 años de edad. Boyle es consciente de que ha pasado el tiempo y lo aprovecha para responder a todas las preguntas que quedaron en el aire, sin perder el ambiente de delirios y traiciones en que se movía este puñado de inadaptados. Quizás lo mejor de todo es que no se pierde el halo de amor con que se nos retrató a unos protagonistas que nos marcaron con su violencia, adicciones, macarrería y la desbortante palabrería de Renton.


Sin embargo, quedan atrás todas las ínfulas de denuncia social contra las drogas y la hipocresía de nuestras relaciones sociales. Aunque Mark tiene tiempo para soltar un par de monólogos inspirados (nos habríamos ofendido mucho sin ellos) que orbitan en torno a la trampa de la madurez y la nostalgia sobre los sueños pasados, la película es mucho más blandita. No se busca transgredir ni asombrar, pues Boyle coge a los personajes que ya conocemos y los lanza a una comedia de enredo sobre los bajos fondos. Más que parecer a la película de 1996, proparece como si tuviéramos una versión de Rocknrolla o de Snatch protagonizada por nuestros yonkis “favoritos” y ambientada en la Edimburgo más sórdida que pudiéramos imaginar (como ocurría con Trainspotting, la VO es casi obligatoria y una tortura debido a los acentos xD)

Quizás es que ya no somos tan inocentes como hace veinte años, pero T2 no es (ni busca ser) esa película generacional capaz de cambiarte de la vida. Es un paseo por la nostalgia de los tiempos pasados, de los días que se escurren entre los dedos y aquello que pudo ser y nuna fue. Del tiempo que pasa, que cura y que duele, que permite perdonar y que deja heridas tan abiertas que nunca cerrarán.  Aunque le falta un montón de mala leche, se guarda un par de momentazos marca de la casa que no pueden sino disfrutarse, como la reunión unionista o el cuelgue delante de la pantalla gigante, que nos recuerdan a otrás épocas mejores y más impactantes, cuando –quizás- lo que ocurría es que eramos más inocentes.

Uno de los detalles que más me agradan es que los personajes han evolucionado con lógica. El personaje que conocimos es reconocible, pero podemos trazar el camino que han seguido hasta llegar a dónde están y cómo han dejado de ser quienes eran –bueno Spud sigue siendo un perdedor…-De ellos, no puedo sino encariñarme (ejem) con Sick Boy, que guarda una extraña mezcla de lealtad e hijoputez la mar de curiosa. Me encanta cuando está tan confundido que no sabe si ayudar al que fue su amigo, dejarlo todo para vengarse y hundirlo en la mierda, o simplemente utilizarlo para dar rienda suelta a sus ambiciones de grandeza, dando bandazos entre una idea y otra y más que puteado por la incompatibilidad entre unas decisiones y otras (¡y siendo creíble además!).

El savior faire de Boyle está patente y encontramos una comedia bien redondita, construida con mimo y ganas de divertir al personal. Y bueno, nada más que eso. Un entretenimiento que juega (bien) con la nostalgia y entretiene durante dos horas. Salgo del cine con la sensación de que los actores han envejecido veinte años de manera desigual y preguntándome a mí mismo si yo lo habré hecho de una manera digna

Nota: 6
Nota filmaffinity: 6.4

jueves, 14 de septiembre de 2017

Manchester frente al mar

Más que frente al mar es desde el mar dónde hay que descubrir la pequeña villa costera de Manchester frente al mar, Massachusetts (EEUU), fácilmente situable en un mapa, al lado de la cosmopolita Boston. Desde el mar todo parece calmado y sereno: los barcos de pesca van y vienen, las casitas que jalonan la primera línea costera parecen dejar pasar los días con apacible sosiego, incluso las naves del puerto, de ladrillo rojo, son capaces de integrarse con elegancia en el paisaje. Desde el mar, Manchester frente al mar es una villa dónde puede dar gusto vivir, donde se nace y se muere sin el regusto de nunca haberla abandonado, sin tener la envidia o al antojo de viajar, dado que la vida es simple y agradable. Desde el mar, la vista de ensueño describe curvas y colores en perfecta armonía con los hombres… pero desde el mar, los hombres no los distingue uno apenas, siluetas frágiles en movimiento cuyos rostros no son visibles, cuyas grietas no se pueden vislumbrar, cuyas sonrisas y lágrimas no pueden verse.
  
Lee Chandler es uno de los que dejó Manchester frente al mar, el pueblo de su infancia, allá donde debería haber podido envejecer feliz. Ha dejado atrás a sus amigos, su familia, su hermano, su sobrinos..para instalarse en una metrópolis de la que comprendemos rápidamente que le aporta las dos cosas que no parece dejar de desear: anonimato y algo con qué ganarse la vida, aunque sea de chapuzas en una urbanización. Mientras que repara lavabos, vacía basuras, quita nieves, lija o repinta, Lee ocupa el tiempo para pensar en las razones que le llevaron a partir de Manchester. Podemos imaginar rápidamente, por su mirada perdida dentro del vacío de una profunda soledad, que Lee ha vivido un drama terrible. Un drama de los que uno no puede salir vivo. Podríamos decir que Lee es alguien que ya ha muerto, que simplemente está esperando la última parada, para el que ver salir el sol no significa más que otro día de penitencia.

Pero como la vida luego hace lo que le da la gana, Lee debe volver a Manchester, reencontrarse con lo que queda de su familiar, reencontrar los chapoteos del agua en la quilla del barco de pesca de su hermano, reencontrar el aroma del mar y al sabor amargo de la felicidad desaparecida. Y también conocer a un joven que él dejó siendo niño: Patrick, su sobrino.

Manchester by the sea es una tragedia griega transmutada en un poema de Dylan, es un retrato de la gente trabajadora que vive al ritmo de las estaciones, de los nacimientos y los entierros, es también el retrato de una familia fragmentada por los dramas, y también de una comunidad humana simple y bienintencionada. Pero sobretodo es el conmovedor retrato de Lee, un más que admirable Casey Affleck (y su contrapartida, una extraordinaria Michelle Williams), un hombre que no tiene más remedio que seguir viviendo.

El film se construye a base de flashbacks que trazan con filigrana y delicadeza los capítulos más sombríos y luminosos de la vida de Lee, se trata de un film que recuerda a esas travesías por el litoral: bajo la serenidad y la aparente calma puede surgir, en cualquier momento, la tempestad que se lo lleva todo, tanto el techo de los hogares como la efímera felicidad del corazón de los hombres. El infierno en vida, debe ser, qué duda cabe, a la muerte de tus tres hijos pequeños por causa tuya, por fallo propio, por un error descomunal a la vez que pírrico, por un azar negro, tan monstruoso y abominable que es insoportable. Por no hablar de cosas menores, de alcoholismo, corazones rotos y otros sinsabores. Es decir, se pasa, se le va la mano. Tal aplastamiento y dolor se torna incompatible con determinadas vulgaridades o trivialidades. El dolor al descubrir lo que ocurrirá antes incluso de verlo. El remordimiento, el castigo, la pena y el duelo, ¿cómo asumir lo inasumible?

En sus dilatados 136 minutos (¿realmente eran necesarios tantos?) se logra un relato honesto, verosímil y certero. Apenas hay resquicio para el entretenimiento en Manchester frente al mar, aquí no hay santos ni heroínas, hay un uso (y abuso) impresionante del Adagio de Antonioni, un desglose de todas las posibilidades del dolor y una historia triste y desesperanzada. Resulta también, un film de visión obligada para los sibaritas del arte de la interpretación.

 
Quizás por la cordial familiaridad de la situación, pero acabé la película desolado, con el corazón encogido y la necesidad vital de salir a la calle y recibir un abrazo de la primera persona que me encontrara.  Hacía tiempo que un film no me dejaba tan desmontado. Por un lado, recomendaría a todo el mundo que la viera, por otro, recomendaría a todos que se alejaran de ella. Oye, que puede que no te guste sufrir gratuitamente en el cine. Que también puede ser. Aunque sea con algo tan bello como Manchester frente al mar.

Nota: 9
Nota filmaffinity: 7.2

Publicado previamente en Cinéfagos AQUI

lunes, 11 de septiembre de 2017

Trainspotting

Ya que estrenaban el T2 de Trainspotting (que ya aparecerá por aquí un año de estos), decidí recordar viejos tiempos de cuando era un chavalín impresionable y refrescar mis recuerdos con la película original de 1996, cuando Ewan McGregor era un desconocido y Danny Boyle no tenía el puñado de Oscars que tiene ahora.

Si no me falla la memoria, nuestro profesor de Filosofía (¡Mújico, un saludo!) nos la puso en primero de Bachillerato y, bueno, no estábamos preparados. Salimos todos alucinando, con un debate post-película de lo más jugoso (y que recuerdo con cierto cariño). Si es que esa es la mejor manera de ver esta película, cuando eres un chaval que empieza a despertar al mundo y no deseas más que soltar un sonoro "fuck you" ante cualquier cosa que pase por delante.

La película se basa en la novela del mismo nombre publicada en 1993 y escrita por Irvine Welsh (muy recomendable, por cierto). Este se nutría de sus conocimientos sobre los bajos fondos de Edimburgo y su periodo de adicción a la heroína para "inventarse" las tragicómicas aventuras de Mark Renton, un yonqui de Edimburgo, que intenta (más o menos) separarse de su banda de compañeros, perdedores, mentirosos, adictos, psicópatas y ladrones...


Danny Boyle nos brindaba una dirección vertiginosa, provocadora, cruda y llena de hallazgos ingeniosos que al mismo tiempo destilaba una fluidez narrativa acorde con la visión de los personajes de la película: Una "simple" sucesión secuencial de segmentos de una vida vivida al límite, sin la conciencia de que existe un mañana. La propia metáfora de la taza del váter como inmersión en el mundo de la droga es bastante ilustrativa. Sin contar con escenas impagables que se graban a fuego en la mente de cualquier adolescente (la conversación sobre la identidad escocesa, el mono lleno de venas, trenes y agonía o la sobredosis en un ataúd con Perfect day de fondo).

Por su parte, el guion realizaba una brutal disección humorística de lo trágico, obligándote a partirte el pecho con cosas que no deberían hacerte ninguna gracia entre puñetazo y puñetazo en el estómago. Pueblan la película un puñado de tarados de lo más odioso pero que se hacen imborrables:  El adorable atontado Sput, el amoral interesado Sick Boy, Begpie el psicópata peligroso (curioso que sea el más peligroso y perturbado cuando es el  único que no se droga, je je) y, sobretodo, el cínico Mark, un cabroncete que sabe demasiado de la vida,  gozando de las mejores frases y un par de monólogos de lo más inspirado, con ese rancio y característico acento escocés (imperativo ver esta película en V.O).


"Elige la vida; elige un trabajo; elige una carrera; elige una familia; elige un maldito televisor; elige una lavadora; elige un coche; elige compact discs o abrelatas eléctricos; elige la salud, el colesterol bajo y los seguros dentales; elige una hipoteca a tipo fijo; elige un piso; elige a tus amigos; elige ropa deportiva y maletas; elige pagar a plazos una ropa de marca; elige el bricolaje; elige preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana; elige sentarte en el sofá y ver concursos que te emboten la cabeza y te aplasten el espíritu mientras llenas tu boca de comida; elige pudrirte de viejo cagándote y meándote en una residencia miserable, siendo una carga para los 'hijos de puta' que engendraste para sustituirte; elige tu futuro; elige la vida. Pero, ¿por qué querría yo elegir algo así? Elijo no elegir la vida."

¿Cómo no sentirse afectado por los dilemas que asaltan al protagonista? Choose life? Why? Quizás sea mejor tan solo preocuparte por conseguir tu dosis diaria de paraíso y olvidarte del estrés, los problemas y las preocupaciones... así eres, entonces, un kamikaze mental, si hay plan, mal plan, pues en un adicto no verás dispersión, hay constancia y mucha dedicación.  Pero bueno, igual la vida normal no esta tan mal....

Otro de sus aspectos que la hacen tan especial es su estupenda banda sonora, con temas de Iggy Pop, David Bowie, Blur, o el ya mencionado de Lou Reed, entre multitud de hits conocidísimos que suenan justo cuando se necesita. Para los que crecimos en los noventa, ésta era la banda sonora de nuestra vida,  ¿cómo no disfrutarla?

Trainspotting marcó, pues, a toda una generación. Traía consigo un chorro de aire fresco, un aroma rebelde y un “no a las drogas” lleno de cinismo y mala leche, muy acorde con los tiempos. Sin embargo, me he encontrado que no cuajan tanto con las nuevas generaciones. Sus referentes son diferentes y, al no haber vivido esos años locos, no conectan de la misma manera con la música ni con la nihilista idiosincrasia de los protagonistas.

Ello no debe permitir que hagamos de lado a una película icónica de una década, que catapultó a la fama a Danny Boyle y sobre todo a Ewan McGregor, ¡que superó su adicción a las drogas para convertirse en Maestro Jedi y todo! Una ¿comedia? muy ácida, muy disfrutable, llena de mala leche y puñaladas en el alma. Más que recomendable.

Nota: 10
Nota filmaffinity: 8.1

PD: Estoy de acuerdo con Sick Boy, "Los intocables es una mierda."

PPD: Después de un tiempo viviendo por ahí cerca, me he sorprendido reconociendo muchos de los escenarios de la película. Hace veinte años, la carrera por Princess Street me pareció un poco random, pero ¡no sólo está rodado siguiendo la realidad, sino que es la principal calle comercial de Edimburgo! Excepto el lavabo más asqueroso de Escocia, creo haber estado en la mayoría de escenarios ^^.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Silencio

¿Cómo podríamos vivir sin saber la realidad sobre aquello que nos martiriza? A pesar de los remilgos de sus superiores, dos portugueses, el padre Rodrigues (Andrew Garfield) y el padre Garube (Adam Driver) deciden, en 1683, de llegar hasta Japón y reencontrarse con su maestro, allí desaparecido, sobre el que pesa una denigrante calumnia: es acusado de haber renegado de Cristo y apostatado. Desembarcan con la mayor clandestinidad, guiados por un pordiosero borracho que no deja de convertirse al cristianismo, como un iluminado, para renunciar a ello justo después, movido por la angustia y la cobardía.

Ya hacía mucho tiempo que Martin Scorsese quería trasladar a la pantalla grande la novela de Shusaku Endo (ya adaptada en 1971 por el cineasta Masahiro Shinoda y presentada en el festival de Cannes). Encontramos en ella, elevado al paroxismo, el tema que ha inspirado la mayor parte de su obra: la culpabilidad. La maldad y la redención se mezclan en películas como Uno de los nuestros, Malas calles o Casino, reflexiones interesantes sobre la progresión del Mal: como se infiltra en nuestro interior para llevarnos a la perdición y, también quizás, como se pierde en nosotros, se disuelve y se evapora al final de una disputa tan misteriosa como despiadada.

Silencio es la apoteosis visual de un Scorsese tocado por la gracia, don otorgado con naturalidad insultante a algunos, mientras que otros persiguen en vano. También contiene el peligro de una locura que, porfiadamente, no refleja más que la vanidad de aquel que la profesa. Silencio es una película lenta, sosegada, azorada por unas dudas que provocan un avance a trompicones, lleno de incomodidad. En el trasfondo de unos planos magníficos, donde la naturaleza sobrepasa constantemente las ambiciones humanas, uno se pregunta hasta qué punto el cineasta ha podido inspirar esta película, pues Kagemusha o Ran son obvias influencias formales…

La fuerza del film viene de su propia humildad. No se trata de un manifiesto. Ni por un instante puede parecer que Scorsese haga proselitismo del Catolicismo. Al contrario, muestra a sus dos sacerdotes completamente sorprendidos, e incluso disgustados, por estos pueblerinos japoneses incultos, convertidos por azar y después librados a su suerte, que reclaman con fervor histérico confesiones y absoluciones. Gente sencilla que sigue con agrado la senda de aquellos cristianos que mueren por su fe, provocando tanto la admiración como el rechazo (dada su total inutilidad) por los sacerdotes. Su fe vacila. Y sobretodo la del padre Rodrigues, atacada con ferocidad.

Queda, evidentemente, la santidad. Es justo esta noción la que exalta a Scorsese y la que él exalta en la película, con un fervor inesperado. La santidad y su contrario, la profanación… El momento más ardiente, más impactante – el más “hitchconiano”, diríamos – es en el que el padre Rodrigues es obligado a pisar la imagen de su Dios, de renegar de él. “Un solo paso y serás libre”, le susurran los más pragmáticos. Pero no es suficiente. Notablemente más hábiles, otros sugieren que su traición pondrá fin a los sufrimientos de los cristianos torturados a su alrededor. “Piden ayuda tal como tu hablas con Dios. No hay mas que silencio. No le adores.” Scorsese filma entonces, con una lentitud inusitada y una compasión infinita, a este sacerdote inamovible y a este tiempo suspendido en el que el rechaza, reconsidera, se aproxima, resiste y cede a ese “acto de amor” (Scorsese dixit) que será para él, una falta irreparable, una condenación eterna.


Pero Scorsese no juzga a nadie. No condena ni la debilidad del hombre ni, como podría hacer Bergman, la insoportable indiferencia de Dios para con Sus criaturas.  De aquí el pensamiento recurrente del padre Rodrigues, que conserva hasta mucho después de su caída: “Aunque ha mantenido el silencio durante toda mi vida hasta hoy, todo lo que hago, todo lo que debo hacer, es hablar con él. Es en el silencio dónde oigo su voz.” En ese sentido, yo me he críado dentro de la cultura católica, por ello, comprendo intrínsecamente la trascendencia de cada paso. Sin embargo, ¿puede un budista, un ateo o un musulmán apreciar la tortura que subyace ante cada detalle de la tortura? Diría que probablemente no, al menos no al mismo nivel que alguien que conozca la "cato" tal como yo.

Quizás la mayor pega sea la dificultad del esfuerzo que requiere del espectador. A pesar de la belleza de sus imágenes, es una película desagradable, brillantemente sucia, pero cercana por momentos a la pornografía emocional y terriblemente lenta, especialmente en el dilatado tramo final donde la voz en off no deja de ahondar en el particular vía crucis de los protagonistas. !pobre del incauto que la acometa sin una preparación previa del contenido!


Evidementemente, no es la mejor manera de acabar una semana (la vi un domingo por la noche). ¡Con qué ánimos iba a levantarme yo al día siguiente! Se hace realmente descorazonadora, todo un vamcio tras el frenesí del exceso, del carrusel sobre la depravación más absoluta de El lobo de Wall Street. Reconozco que Scorsese me gusta cada vez más cuando le da a la marcha y cada vez menos cuando se pone reflexivo. Quizás aligerar 15-20 minutos la habrían convertido en una propuesta más digeribel, pero bueno, pocas películas son capaces de pegarte una paliza de ese calibre mientras te maravilla con tal depliegue de preciocismo natural.
Nota: 7
Nota filmaffinity: 6.3


PD: Cada vez que teníamos a Qui-Gon Jin en escena, estaba deseando que se dejara de tonterías y arrancase las cabezas a todos con su espada laser. 

miércoles, 30 de agosto de 2017

La la land - La ciudad de las estrellas

Desde sus recién estrenados treinta años, Damien Chazelle confirma que el éxito de su primer film, el brillante y remarcable Whiplash, era cualquier cosa menos fruto del azar. Tiene un talento desbocado ¡simplemente! En este caso se lanza con un proyecto más ambicioso, una aventura que eleva notablmentene su umbral de exigencia y confirma que el joven director no tiene miedo de nada: ni de hicar el diente a los mitos, ni de hacer temblar a sus productores (pues podemos imaginar que habrán invertido una buena cifra de ceros en este film). Al final: La la land, un título la mar de simple, como las priperas palabras de una canción ligera, un título que nos dice todo sin necesidad de traducción, dejando adivinar con cierta malicia las lueces y los fuegos artificiales de una experiencia en cinemascope y tecnicolor.

La la land es la comedia musical tal como la hubiéramos deseado soñar, es un étalon lanzado a cien kilómetros por hora sobre una pista de baile bajo las estrellas. Simplemente con ello, ya sería un ejercicio de estilo más que brillante, pero cuando el caballero que está a las riendas es un apasionado de la música, audaz y fogoso, se hace evidente que nos hayamos ante algo más que una película de género, es un compendio de todo el género de la Edad de Oro de Hollywood, transitado a galope tendido. La carrera es cautivante y el viaje digno de una ida  avuelta a la luna.

Es la historia de Mia y Sebastian… Ella es barista en una cafetería al pie de los estudios de Hollywood, mientras enlaza casting tras casting con la esperanza de obtener un gran papel. Él es pianista de Jazz, fan de Theloniys Monk, pero por el momento no tiene un duro y debe malvivir mientras espera cumplir su sueño: Abrir un restaurante donde el jazz tenga un papel preponderante y pueda deleitar a sus comensales con la música que adora. Entre ellos, tras la indiferencia inicial, saltan las chispas y luego ¡el resto es historia!

Abrazando con dedicación todos los clicés, jugando con las referencias más prestigiosas – Desde Cantando bajo la lluvia, a La alegría de vivir, pasando por Un americano en París, West Side Story o los melodramas descocados a lo Douglas Sirk, sin olvidar algunos guiños admirativos y afectuosos a los teatros de Broadway – La la land se las arregla para reinventar un poco todo. Los códigos, de los que se burla con ternura; las canciones, tradicionales pero desarrolladas con humor; los decorados, sublimes dentro de su aura de carton piedra que nunva debes tomarte en serio; y sus dos protagonistas, auténticos tópicos andantes (la joven camarera que quiere triunfar en Hollywood y el músico idealista y desmañado que aspira a heredar el arte de los más grandes) pero al mismo tiempo humanos. Incluso el argumento, muy clásico, sabe sorprender con una construcción singular (todo el desenlace es un bello hallazgo).

 Sus dos personajes intentan convertir en realidad lo imposible se quieren y se desean, se buscan y se encuentran, se agradecen y compadecen, se pelean y se reconcilian, se separan y se atormentan. Asimismo, Chazelle vuelve a insistir sobre los sacrificios a realizar para cumplir nuestros objetivos vitales. Mia y Sebastian aspiran a triunfar, pero se ven en la diatriba de tener que elegir entre la fama y el amor… y está muy claro qué prefiere el joven director. Esta insistencia sobre la magnitud del éxito y los sacrificios a realizar se  ejemplifica en el mágico desenlace en que ambos protagonistas se ven atacados por la nostalgia más peligrosa (la de lo que nunca fue…) y se dedican una sonrisa que te hace enamorar y sufrir al mismo tiempo.  Dos película de Chazelle, y dos finales que se te clavan en el alma.


Y ELLA. Emma Stone es pura dinamita y ligereza, es genialidad travestida de una naturalidad insultante. Hace parecer sencillo y sincero el artificio del musical. Desborda belleza y seducción mientras sufre y goza como la más real de las personas. Oscar merecidísimo  para una actuación que grita talento por los cuatro costados. Y ÉL. Ryan Gosling es el mayor lunar de la película. En ningún momento dudaré de su implicación o su entrega con el papel. Está claro que lo da todo. Sin embargo, ya sea por no ser capaz de dar más que una notable corrección entre tanto virtuosismo, el propio hecho de no ser cantante o bailarín, o la manía que le tiene la gente, sin hacerlo mal, no acaba de llenar tanto la pantalla como debería. Me sorprendió su nominación a los Oscar en la categoría, probablemente contagiado por la genialidad del proyecto.

Y LOS ÁNGELES. La ciudad de los sueños, el tercer personaje de la película. Cada plano, cada secuencia, es una declaración en público de la devoción por la ciudad de Los Ángeles. El propio título de la película ya nos da una pista de este poema hecho celuloide en honor a este lugar. Todo gira en torno a este ente poderoso que se convierte en el gran protagonista durante cada minuto del metraje. La fotografía cambia de estilo a cada escena, dependiendo de la ubicación o del momento, pero siempre retratando la ciudad con una belleza fascinante, con esa materia de la que están hechos los sueños (seguro que no es tan bonita en verdad).

A pesar de su exultante belleza, La la land es una película que parece causar cierta controversia en el público. Muchos dicen que está sobrevalorada. Sin embargo, a mi alrededor diría que está completamente subvalorada. Me explico. En un primer momento, muchos espectadores se dejaron llevar por el entusiasmo y la pusieron por las nubes. Su calidad es innegable, pero eso provocó un aumento de las expectativas, especialmente de aquellos que no quieren dejarse maravillar. ¿Resultado? Un montón de gente (la más ruidosa a mi alrededor) poniéndola a caer de un burro. Cuando de mala no tiene nada. Pocas películas son capaces de llenarte de tanto buen rollito mientras te destroza por dentro.

Se trata de algo más que un homenaje, se trata de una afirmación de principios. La la land es un torrente de alegre ligereza lleno de belleza, color y ritmo que te toma por la cintura y te manda a bailar sin parar durante dos horas. Qué película más bien hecha. Eso sin duda. Puede gustar más o menos, puedes entrar en el juego o tu mochila puede mandar a tomarte viento. Te puede caer mal Ryan Gosling, pero vaya si está bien hecha. Un musical como hacía tiempo que no veía.

Nota:
8
Nota filmaffinity: 7.6

No voy a entrar del choteo de los Oscars y el esperpento que fue la entrega de premios, que eso ya lo sabe todo el mundo…

domingo, 27 de agosto de 2017

Youth (La juventud)

En el corazón de los Alpes suizos, en un hotel de lujo destinado a los más adinerados, dónde todo debería ser pompa, calma y voluptuosidad, conoceremos una bella banda de gente inquiete: un joven actor que se interroga inseguro sobre su próximo papel, una pareja que no parece intercambiar apenas un saludo, un futbolista argentino con sobrepeso (sí, es él), Miss Universo en persona, un guía de montaña que prefiere el encanto espartano de un refugio, una masajista de hotel que se levanta con ganas de bailar, una joven prostituta aburrida… Pero sobretodo frecuentaremos, para nuestro placer, a un viejo realizador que ha venido a preparar lo que será su película-testamento (Harvey Keitel) y su mejor amigo, un director de orquesta retirado (Michael Caine). Este último recibe la proposición de un emisario de la Reina de Inglaterra para retomar la batuta y dirigir un concierto particular para el aniversario del Príncipe Felipe. Su rechazo será absoluto y definitivo, por una razón que conoceremos posteriormente… ¿Pero no es acaso el privilegio del entrado en años el desasirse de ciertas obligaciones y mandar a la Reina de Inglaterra a tomar viento? Una vez dicho esto, incluso a los 80, las cosas no son tan simples, especialmente cuando uno tiene una nieta que es a la vez tu agente y que tiene unas ideas muy marcadas sobre lo que debe ser la carrera de un gran maestro de la música…

La presencia de estos personajes dentro de este lugar de encuentro natural que es el hotel permite múltiples intercambios que serán fuente de reflexión e incluso de evolución para algunos. La vida, la muerte, la creación, la belleza, el sentido de las decisiones que se toman, el tiempo que pasa, la amistad, la paternidad, el amor, la fidelidad, aquello que nos obsesiones, aquello que recordamos, aquello que preferiríamos olvidar… alrededor de estos temas, evocados de manera más o menos directa, encontramos discusiones de insospechada profundidad que apenas duran un suspiro. Esto no impide a nuestros octogenarios, no obstante, abordar cuestiones más mundanas, ¡como preguntar cada día sobre el número de gotas que han conseguido mear! Los que conocemos a Paolo Sorrentino sabemos confiar en su talento para desplegar todos estos aspectos con una fineza, con una sutilidad, con un ternura y con un ligero cachondeo que consigue que el visionado valga la pena.

Esta película del italiano Sorrentino es la primera que se rodó en inglés y cuenta con el inmenso Michael Caine para tomar el relevo de Toni Servillo (el actor fetiche del director), dentro de un memorable papel del cascarrabias entrado en años, que ha dimitido de las obligaciones de la vida, sin otra cosa que hacer que escrutar sobre las manías y costumbres de aquellos que le rodean. El resto de actores están a la altura de lo que esperaríamos dentro del universo de Sorrentino. Un perfecto Paul Dano o un carismático Harvey Keitel que goza de un cara a cara inolvidable con Jane Fonda.

La belleza y la juventud (perdida) son los temas sobre los que orbitan todos los desvaríos de esta bellísima dramedia, tratados por un filtro melancólico y cínico, con un punto de decadencia y mala leche que seguro que será del agrado de aquellos un tanto desencantados con la vida. Esta curiosa reflexión sobre el paso del tiempo padece los curiosos efectos del rodar del director italiano, que juega a provocarnos un síndrome de Stendhal al abusar de imágenes de una belleza estética indudable (por parte del espectacular entorno alpino y de las actrices presentes), aderezados con un ritmo singular y maliciento. La ampulosidad gratuita se coge de la mano de la sensualidad armoniosa que contiene cada plano, en el difuso límite entre la petulancia pomposa y la belleza más lograda.

Este bellísimo ejercicio de onanismo no es, en absoluto, para todos los gustos. Después de todo, ¿qué nos puede interesar de la aburrida vida de un puñado de excéntricos ricachones de un hotel de los Alpes? Pero bueno, si eres de los que pueden saciarse con diálogos de socarronería soterrada y con auténticas proezas visuales, a pesar de una total falta de ritmo de acción, el calificativo que recibe este film es: ¡brillante! Si tienes otros gustos… ¡Sal disparado!

Nota : 8
Nota filmaffinity : 7.1

jueves, 24 de agosto de 2017

Election

¡Oh! ¡Qué delicioso placer se encierra en estas acidísimas elecciones escolares orquestadas por Alexander Payne! A medida que pasan los años y me vuelvo más cínico (supongo), disfruto más y más de la mala leche de este director.

En Election somos testigos de un suceso tan tonto e inocuo como unas elecciones escolares del representante de los alumnos en el claustro. A primera vista, este idílico instituto no parece tener nada que pueda captar el interés, pero a medida que rascamos, vamos descubriendo un nido de víboras, envidias y rencores de lo más florido y variado, como una sutil (o no tan sutil) alegoría de las elecciones estadounidenses.

Comentario sobre los actores (a cada cual más inspirado): La arribista y manipuladora Reese Witherspoon, en uno de sus primeros papeles, capaz de cualquier cosa por conseguir sus objetivos. El apocado y superado Matthew Broderick, cuyo profesor bienintencionado y salidorro al que se le va  la situación de las manos es absolutamente entrañable,  (Impresionante química entre ambos). Destacable también la ácida presentación de Jessica Campbell (pedazo de discurso el suyo) y la simple estupidez de Chris Klein, que clavan también sus papeles.

Hay que reconocer que mi cariño por los diferentes personajes ha ido cambiando a medida que he ido creciendo. Cuando vi la película por primera vez, debería tener unos 14-15 años. En aquel momento, mi simpatía estaba con Chris Klein: era el personaje más bonachón y bienintencionado. Estaba seguro de que si ganaba, iba a ser el que intentaría más que la gente estuviera contenta y feliz, aunque fuera a base de fiestas continuas sin tener tampoco mucha idea sobre qué era lo mejor, pero sin atisbo de mala intención.

La segunda vez que recuerdo vivamente ver esta película fue apenas empezada la universidad. En aquel momento, más desengañado con el mundo, me lancé irremisibliemtne a los brazos de Jessica Campbell y su propuesta totalmente antisistema. Consciente de lo estúpido, burdo y manipulado de esas elecciones, se me hacía imposible no apoyar ese fuck the system  tan primigenio y bastardo que proponía. Si es que hay un momento en que sólo quieres que el mundo arda…

Sin embargo, ésta vez me he sorprendido admirando a Reese Witherspoon de una manera que no había apreciado anteriormente. Además de la espectacular representación de la actriz (esas toneladas de bordería parecen TAN naturales), es el único candidado que tiene claro qué es lo mejor para la escuela (aunque nadie más sea capaz de apreciarlo). Se toma en serio algo tan importante como unas elecciones y va a hacer lo posible por defender aquello por lo que considera que tiene todo el derecho de ejercer: el poder. Quizás es que ahora, más maduro, valoro más el esfuerzo ímprobo en busca de un objetivo sincero, más que las chanzas de un ricachón campechano o la rebeldía de un candidato que lo único que desea es tocar las narices.

Este cambio de puntos de vista subyace en la grandeza de un guión impresionante, capaz de crear personajes de una palpable profundidad en un ambiente tan anodino como un instituto cualquiera. Los dardos vuelan que da gusto, componiendo un continuo de diálogos impagables cargados de sacos y sacos de mala idea. Lo más curioso es que, a pesar de saber el desenlace, me ha tenido en tensión durante todo el metraje, como un hooligan empedernido que deseaba ver victorioso a su candidato favorito.  Payne es todo un maestro a la hora de contar historias, transformando una anécdota nimia en una lucha épica por el poder con la que es imposible quedar indiferente, guión que fue destacado con una nominación al Oscar de su año (ganado sorprendentemente por la aburrida Las normas de la casa de la sidra).

Es una peli anticomercial, los acontecimientos se desarrollan con lentitud y no arranca sonrisas fácilmente. Pero tiene un magnífico guión, es ácida hasta corroer los huesos, y los actores están en estado de gracia. Aunque consigue que pierdas la fe en la humanidad, es una película ideal para ver en grupo, de las que te deja debatiendo durante horas y horas sopesando cada diálogo y considerando cada punto de vista. Recomendabilísima.

Nota: 9
Nota filmaffinity: 6.5